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It’s not a issue, it’s our life… pero tropicalizado

Por Paloma Hernández Rubio

       ¿Ya vieron la película de Milk?
       Lo admito: me enteré de su existencia en la patética última entrega de los Oscares. Sean Penn fue nominado y ganó el Oscar al mejor actor. Y, bueno, bien merecido creo yo. Si bien el papel de Diego Luna es patético (no su interpretación, sino el pobre personaje suicida que no tenía modo de defenderse de tan espantosa caracterización), la película tiene una gran virtud: logra describir el movimiento LBGT como una lucha por los derechos civiles.

       Y tal virtud es especialmente virtuosa en un país como el nuestro, donde los derechos civiles son un tema medio extraño para nosotros. Por ejemplo, el voto femenino, que en algunos países europeos pasó por la organización de contingentes de mujeres que acabaron en la cárcel, aquí fue otorgado, graciosamente por los presidentes de la república. De pronto las mujeres pudimos votar, y la franca verdad no nos quedaba claro para qué, salvo aquellas que in french et in anglais pudieron entender qué significaba tal poder.

       En México, las luchas por los derechos laborales quedaron subordinadas pronto al aparato estatal que supo hábilmente servirse de los sindicatos como corporaciones, y las luchas por los derechos indígenas, hasta antes del levantamiento zapatista, eran más bien lucha contra la miseria y la exclusión: el objetivo era que al indio se le quitara lo indio (si no me creen, revisen en su inconsciente colectivo el mito de cada 21 de marzo sobre Benito Juárez: su virtud fue aprender español y luego vestir de traje y ser abogado a pesar de ser zapoteca).

       Así pues, en México las luchas feministas eran por hacer de la mujer un hombre (es decir, un ciudadano) y del indio un blanco (es decir, un ciudadano). Nótese pues, que ciudadano en México tiene una connotación muy simplista: hombre blanco. Así pues, en México ¿qué quiere decir luchar por los derechos civiles LBGT? ¿Es acaso transformar a un gay en qué cosa? ¿Qué significa para un hombre blanco mexicano –es decir, ciudadano- ganar algo para su ser gay?

       Y ¡zaz! aquí viene nuestro tema favorito: el de la identidad.
       El movimiento LBGT en México padece de la idea que tenemos aquí de identidad.

       Imagínense ustedes: un adolescente que ha crecido toda su vida bajo la idea de que ser ciudadano mexicano significa la capacidad de chingarse a otro (en el más puro sentido del Laberinto de la Soldad de Octavio Paz), de pronto descubre que le gusta más que se lo chinguen.  Entonces lo que desea no es ser varón, pues ya lo es, ni blanco (digo, aunque esté prietito) pues ya lo es. Es decir: no es que sea una mujer indígena que desee abandonar su hadicap para acceder al puesto de poder de aquél que idealizamos como el mexicano ideal. No. Simplemente no sabe lo que desea ser, sólo sabe que lo que quiere ser no está en el catálogo de identidades.
Pero ¡oh sorpresa! el movimiento LBGT le informa que hay un nuevo catálogo a su disposición: puede ser peluquero, manicurista, mujer policía o reina de la noche.

       Así pues, el chico comienza a despojarse de todos los ideales de los que le dotó su imaginerío made in Televisa y made in escuela pública, y los cambia por otros que no comprende, pero que le parecen un desahogo de su nueva ‘condición’.

       No falta, pues, el que decide hacerse Emo o Darketo (allá en mis tiempos)  porque por lo menos esos ‘movimientos’ le otorgan una capacidad de desarrollarse que no entra en uno u en otro cliché identitario. Simplemente asume una identidad que le deja cierta libertad para expresarse. Pero el que no tiene tal imaginación, entra en conflicto, pues ser gay le parece idéntico a ser estilista… y pues eso tampoco le convence. Es decir: de pronto la lucha no es porque su propia identidad sea reconocida como válida ante la sociedad, sino por adquirir una identidad, cualquiera que esta sea.

       Y, bueno, tal lucha interna entre elegir una identidad y luego sumarse al contingente que desea que esa identidad sea reconocida, lo acaban transformando en un reaccionario contra las manifestaciones, justamente, del movimiento civil llamado LBGT.

       Así, alguna vez un amigo me contó que, mientras la marcha del Orgullo Gay se desarrollaba por el centro de la ciudad, un par de chicos entraron y le preguntaron “¿eres gay?” a lo que éste contestó: “no, soy Fulanáceo de Tal”.  ¿En qué momento ser gay pasó de ser el nombre de lucha que enmarca ciertas demandas sociales, y se volvió en el sustituto del nombre de pila de un individuo?

       Así pues, parte del problema del movimiento LBGT en México es que los mexicanos tenemos serios problemas adolescentes por reafirmar nuestra identidad. Si ni siquiera podemos hacer algo con la identidad nacional y/o personal, ¿cómo se nos puede pedir que asumamos ‘otra’ identidad para levantar toda una lucha por los derechos civiles?

       ¡Ah claro!, el problema en México es que no somos ‘civiles’, o mejor dicho, que entendemos ‘civil’ como un escaño social identitario, y no como una simple pertenencia a una comunidad civil. ¿Cómo, entonces, importar un modelo de lucha civil, cuando no entendemos por ‘civil’ lo mismo que un gringo?

       La película de Milk tiene justamente esa virtud: explica al mexicano de a pie qué es una lucha por los derechos civiles: la lucha por el reconocimiento, ante la sociedad, del derecho de ser lo que somos, independientemente de lo que seamos.

       Mi madre, homófoba de antaño, ante las primeras escenas donde Harvey besa en público a su amante (acto que provocó la conmoción de los adolescentes sentados a nuestro lado) dijo “bueno, ¿y por qué no ser un poquitín discretos?”. Pero luego de que se desarrolló la película, la roja y comunista de mi madre comprendió, por fin, el quid de la lucha de Harvey Milk y el movimiento del Arcoiris. Entonces dijo “es que ahora entiendo que no es sólo un “asunto” [issue], sino que estaban luchando por su vida”…
Si eso aprendemos de la película, para nosotros, los mismos mexicanos que pretendemos apoyar el movimiento LBGT, ya será ventaja.

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