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Pintor en crisis

Por Silvidonna

       José Luis Ramírez (Durango, Dgo., 1981) se inscribe en la corriente del ejercicio de la pintura como refutación al discurso neoconceptual imperante, pues reivindica la afirmación de la pintura como vehículo de la subjetividad profunda.

       Su más reciente exposición Perro amarillo en el Ex-convento del Carmen (Guadalajara Jal.) funciona como un muestrario de la búsqueda creativa de un joven artista. Ramírez muestra una afinidad formal y conceptual con la pintura de los 80 (los Nuevos Salvajes y la Transvanguardia italiana, respectivamente), aunque su factura deja mucho que desear, incluso desde los parámetros del neoexpresionismo alemán.

       Por otro lado, hay alguna conexión con la poética onírica del surrealismo pues el hilo conductual de su muestra son algunas pesadillas repetidas: el sacrificio cruento, la animalización grotesca de personajes humanos, la sexualidad cruda; el duranguense intenta captar la potencia de estas pesadillas a través del gesto expresivo orgánico (un poco al estilo de Francis Bacon), infaustamente, fracasa. Y fracasa porque todavía no es capaz de plasmar una expresividad propia con sus materiales, la exposición bien puede leerse como un conjunto de tentativas formales (chorreado, combinación de diferentes registros dibujísticos, imágenes textuales, espacialidades simultaneas) que no logran armonizarse en un discurso coherente.

       El pintor parece estar consciente de su calidad de experimentador, pues titula a uno de sus menos logrados lienzos Pintor en crisis, con todo, a pesar de sus constantes vacilaciones, en algún cuadro se aleja de lo obvio –Perro amarillo- y logra una efectiva caricaturización del desconsuelo. Hay otro terreno donde se le nota cómodo y natural: el de la soledad –Sin rumbo-; parece ser que la mejor veta para este artista debe ser el paisaje yermo y el individuo despersonalizado.

       Para Ramírez la pintura no es territorio de mímesis realista sino un campo retórico –constituido por artificios- donde desplegar un imaginario mórbido, cuyos registros van de la ironía a la cursilería – Conexiones, Reflejo del alma- de lo secreto a lo terrible – El camino, Gallo gallina...-

       Llevando a cuestas una mitología personal y una autorreflexividad iterativa, Ramírez corre en pos de la monstruosidad, infortunadamente, se queda muy pronto sin aliento.

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