
Sábado de Gula
2ª entrega
por Julio César Toledo
Algunos días, cuando la lluvia entorpece la ciudad y los planes, todo se vuelve denso como la cálida humedad de la tarde. Todo se hace, entre ese nublo, un entramado de complejidades del pensamiento que parecen despertarse a consecuencia de la lluvia. Esos días se antoja algo fuerte, algo que desafíe. El sábado pasado llovía, estaba oscuro y la mente se me hizo una maraña de ideas que habían estado queriendo salir durante la semana. Comer y leer es la consigna del sábado. Debía poner sobre la mesa (del comedor y del estudio) un reto digno del día gris. Decidir qué comer, o un buen libro, es como elegir una mujer, el nombre de un hijo o algo similar que en cada quien será distinto pero siempre es intenso. Entonces, mientras intentaba conectar mis ideas con mis antojos, encontré un libro todavía envuelto en su plástico transparente: Máquina Hamlet, de Heiner Müller. Ya la tarde cumplía sus primeras horas y el reto subía de intensidad, no sólo por ser la obra de Müller que a decir de los que más saben fue el parte aguas de la dramaturgia contemporánea sino porque esa edición del texto invitaba desde ya a la altura, a la proposición creativa. La primera respuesta fue inmediata, Hamletmachine no puede compararse culinariamente con mucho, con vino sí; y quise arriesgarme descorchando una de tinto. Vino de Piedra: mexicano, de ensenada, mezcla de Tempranillo y Cabernet Sauvignon, con cuerpo y sabor a frutas rojas pero sobretodo una creación peculiar de mexicanos que supieron conciliar lo extraño con la elegancia de un sabor. Máquina Hamlet es el reducto de la obra dramática, poética y teórica de Müller, es un juego doble entre la destrucción conceptual del teatro como representación y la potenciación de la imagen como metáfora de sí misma; lo elemental se hace presente como única posibilidad de lectura en este texto, la complejidad de este trabajo es extrema y el goce que se desprende de él, igual. Llegó, entonces, la luz a mi recetario mental. Decidí que debía ser carne, no muy cocida, y que debía acompañarla de alguna salsa compleja: Ternera, en salsa de ciruela.

Me apresté a guisar la salsa que es lo más complicado. Ciruelas pasas sin hueso, unas ocho; mantequilla, un chorrito del vino de piedra y ajo. Hay que agregar jitomate y una cucharadita de sal en la licuadora, si le gusta espesa y si no, hay que agregar un poco de agua. El olor dulzón de ese brebaje se apoderaba ya de mi cocina y yo no podía dejar de repetir “Yo fui Hamlet” además de “Soy Ofelia. La que el río no contuvo La mujer que cuelga de la soga La mujer con las venas abiertas” esforzándome por entender las imágenes comprometidas en ese libro de pastas negras. Puse en la sartén un poco de aceite de oliva y cuando estuvo caliente eché cebolla en trozos a dorar, ahí vertí la sencilla salsa que había licuado y esperé a que se redujera bien. Dicen que a estas alturas del guiso uno debe de agregar consomé de la misma ternera que se cocinará en la salsa, pero yo había comprado chuletas y esas no hacen buen caldo, así que lo compensé con un caldo de verduras y especias, comino y perejil. Me pareció que al tiempo que descubría el placer de modificar la receta original descubría también la magia propuesta por el editor de este libro: no era solamente el vuelo que el texto nos ofrece, la propuesta editorial convocaba a su lectura, la limpieza del diseño, su originalidad tipográfica, el formato, todo era una unidad que proponía una lectura pero que, al mismo tiempo, presentaba el texto de manera transparente para que uno hiciera cualquier interpretación posible del libro Máquina Hamlet en la edición de La cifra, editorial mexicana por cierto. Ya hervía la salsa, así que agregué algo de tomate verde que dicen le da un toque ácido difícil de resistir, leía “Ofelia, ¿quieres comer mi corazón?”. No resistí más, metí a sofreír las chuletas con mantequilla y el resto del perejil que había lavado; en un refractario coloqué la carne con unas papas que previamente había cocido y las bañé de la salsa. Bastaron trece minutos en el horno a 180 grados (mismos que dediqué a dos cosas: a beber llenando de aire mi boca media copa del vino descorchado y a seguir leyendo en voz alta “Salgo a la calle vestida con mi sangre”). Puse el platillo sobre una tabla que siempre le da presentación a la carne. Le adorné con trozos de pimienta porque me pareció adecuado y dispuse la mesa, así de simple, ternera en salsa de ciruelas y vino de piedra, y la obra cumbre de Müller. Como cada sábado quedé a reventar. Pero esta vez con una sensación muy grata: descubrir dos opciones nacionales que están a la altura de cualquier exigencia sabatina, el vino de ensedada, de la Casa de Piedra, y la buena propuesta de la Cifra Editorial. Buen provecho.










