
Cambiando roles
Por Yeyetzi Cardiel
Desde pequeños nos ha sido indicado en el núcleo familiar, ya sea principalmente por nuestros padres o nuestras abuelos, cuál debe ser la manera en que se conduce una mujer y cuál es la manera en que lo hace un hombre. Parte de esta enseñanza se daba no sólo a través de pláticas aleccionadoras, sino a partir de los juegos sugeridos por los adultos, por ejemplo, cuando nos obsequiaban juguetes: a las niñas nos regalaban muñecas, barbies, cocinetas, kit cosmético, etc., y a los niños carritos, pelotas, pistolitas, espadas, entre otras cosas.
Quizá cuando llegamos a jugar un juego que no correspondía al indicado para nuestro sexo nos regañaron o incluso castigaron. Estos juegos de la infancia tienen una función pedagógica para irnos entrenando en lo que debe ser un hombre y una mujer, es decir, irnos enseñando los roles que deberemos desempeñar en nuestra vida adulta.
Tal vez algunos de nosotros tuvimos la ventaja de tener unos padres bastante open-mind y no sufrimos amonestación alguna por nuestras transgresiones infantiles al elegir nuestros juguetes y juegos, pero ahí estaban las maestras, los tíos, los vecinos y la sociedad entera.
Estoy casi segura de que cuando nuestros padres, abuelos o tías y tíos nos regalaban juguetes, a la hora de ir a comprarlos hacían ciertas consideraciones del tipo: ¿esto estará bien para un niño de 6 años? ¿Esto estará bien para una niña de 7 años? Y seguramente lo pensaban a partir del esquema que a su vez les había sido transmitido, pero quizá sin reparar en que esos juegos ya establecidos y tácitamente aceptados –la pregunta es ¿cuándo y por quiénes?- tenían implicaciones más profundas para nuestra vida adulta que la de un recuerdo perdido de la infancia.
Nuestra infancia transcurrió atravesada por esta pedagogía infantil y un buen día decidimos o nos sucedió o finalmente aceptamos que algo no encajaba entre nosotros y ese rol para el cual nos habían entrenado desde la tierna infancia y fuimos orgullosamente gays, lesbianas o bisexuales. Sin embargo, bastantes resabios de esa pedagogía infantil quedaron con nosotros, además, de que aunque ya no éramos unos niños, la sociedad seguía ahí exigiéndonos ciertos roles. ¿Hasta donde, en nuestras relaciones actuales, seguimos desempeñando esos roles como nos había sido enseñado? ¿Han reparado en si esos roles son la manera en que quieren desempeñarse y relacionarse? Por ejemplo, ¿Hasta dónde ser gay implica adoptar el rol femenino? ¿O ser lesbiana el masculino? ¿Hasta dónde tener una pareja implica continuar el rol de pareja monogámica con hijos –es decir, seguir el esquema del matrimonio-?
En mi opinión, no se trata de culpar a nuestros padres por habernos transmitido esa pedagogía infantil, pues quizá, en la mayoría de los casos no reparaban en todas las implicaciones de la misma. Tampoco se trata de llevarle la contraria a esos roles sólo porque sí, como si se tratara de una rabieta que no subvierte los roles, sino que sólo los invierte. Se trataría en todo caso de ir desarticulando esa pedagogía infantil, de ser honestos con nosotros mismos y darnos cuenta de lo que nos gusta y lo que no y simplemente hacerlo, porque lo que está en juego es nuestra propia construcción como personas y nuestra capacidad y posibilidad de vivir esta vida como queremos vivirla.






