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LaChapelle
¿conformismo o subversión?

Por Silvidonna

       La toma de la galería de arte por la moda es una batalla ya añeja y, al parecer, la victoria del fashion es ineluctable, “¡Mátame… pero no me despeines!” está en camino de convertirse en una máxima curatoral global y la obra de David LaChapelle (Fairfield, Connecticut, 1963) da cuenta muy bien esta sentencia.

       Delirios de razón incluye más de de 60 fotografías organizadas en campos temáticos: Heaven to Hell, Destruction and Disaster, Awakened, Jesus is My Homeboy, Decadence y Star System que ilustran la obra reciente de este exitoso fotógrafo, videoasta, escenógrafo y socialité.

       Formado con Andy Warhol en la revista Inteview, LaChapelle desarrolla su obra en constante tensión con la de su mentor y debe ser considerado uno de sus más conspicuos epígonos. Es Warhol su principal referencia y, en  cuanto tal, se plantea el mayor problema crítico ¿es LaChapelle un simple desarrollador-amplificador-sampleador de Warhol, o bien, un subvertidor de los presupuestos estéticos y sociales del maestro? Yo confieso que no tengo una respuesta satisfactoria.

        Entre los ejes de continuidad más evidentes están el motivo del desastre y el accidente, el glow y la fotogenia (que aspiran sin modestia a constituirse en canónicos), la serialización, el efecto de superficialidad, la mezcla gozosa entre publicidad y Arte y, básicamente, el regodeo y la autoinclusión en el Star system. Sin embargo, a LaChapelle le interesan las narrativas complejas y recurre al expediente surrealista para configurarlas (si logra o no agregar algo al discurso surrealista es otro asunto); sus imágenes se sostienen como un tour de force entre lo onírico y lo irónico, esta conjunción es, sin duda, lo que las dota de su poder de evocación y fascinación.

       La recurrencia al sarcasmo procaz tanto a Warhol (Amanda as Andy Warhol Marilyn, 2002), como a la historia del arte (la Pieta de Courtney Love, el Diluvio, etc.), a la publicidad (Killed by a Hamburguer, 2000y toda la serie de desastres) o a la religión cristiana y su ética (Cathedral, 2007 o sus fotos de Marilyn Manson como pastor de la niñez) me hacen pensar que no es mas que otro provocador con recurso$, su preciocismo técnico, empero, contradice en parte esta afirmación, puesto que, al poner en acto toda la tramoya del glamour y el shine (también se exhibe un par de making-off de sus piezas), está afirmando que todo ese mundo de belleza perfecta al que todos los consumistas aspiramos no es más que un delirio colectivo (y aparentemente inconsciente) de editores, fotógrafos, RPs, estilistas, maquillistas, vestuaristas, mercadólogos, contadores, pseudofilósofos y prozacnómanos.

       La hiperestetización, que conscientemente imita a Hollywood, la artificialidad autoevidente, a través de la puesta en escena (con backstage incluido), parece aclarar que el paraiso de las revistas de moda y demás subproductos del capitalismo no es más que una contrucción de plusvalía, un montaje de fantasías compartidas, pero impuestas. Y, como son impuestas y delirantes, ¿por qué no llegar al dislate de proponer a Courtney Love como la nueva imagen de la Virgen o al enclenque y poco varonil David Beckham como Heracles?  ¿Holly War es una crítica mordaz (desde adentro) al sistema capitalista y su imaginario pop o una celebración de éste? ¿Es este llevar al límite la enajenación  consumista un llamado a la subversión de los valores que le dieron origen u otra dosis de anestesia existencial?

       Sin embargo, creo que a LaChapelle podemos ubicarlo como un doble de Sebastiao Salgao (ambos son grandes historiadores, el primero de la gente bonita, el segundo de lo oprimidos, los dos, como artistas, los estetizan apelando a las fuerzas que les son propias), o bien, como un seguidor fallido de Peter Greenaway.

       La ambigüedad es lo de hoy, de eso no hay duda.

       Delirios de Razón está en el Museo de San Ildelfonso hasta el 14 de junio.

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