
Lenguaraz
Sábado de Gula
Por César Toledo
Para mí el fin de semana se trata principalmente de dos cosas, leer y comer. Si me de he de morir cometiendo algún pecado, que sea la gula (aunque no desprecio, por supuesto, la lujuria). Me gustan los excesos en ambas actividades: leer mucho; al mismo tiempo dos o tres libros, pasar indiscriminadamente de una lectura a otra. Y comer, sin miramientos. Hacer todo lo que se deba hacer para tener un plato bien armado y haga el sábado placentero; me deje, pues, satisfecho.
El sábado pasado fue la gloria. 2 libros y una gran comilona. Todo comenzó cuando me di cuenta que en mi refrigerador no había más que tortillas, ni salsa ni un cacho de bistec que ponerle y qué iba a comer para leer a Juan Vicente Melo, que ya me esperaba allá en el sillón. Pero mi abuela siempre tuvo remedio para todo; se me vino a la memoria una receta de mis favoritas, me aventuré a hacerla. El nombre: enchiladas de xala (1). Los ingredientes: un cuarto de ajonjolí, un chipotle, aceite de olivo, un poco de chorizo, o longaniza; y si el ánimo y el mercado alcanza, un poco de pepita de calabaza. Comencé, puse a tostar en el comal el ajonjolí por un buen rato, le agregué un poquito de sal y (de mi inspiración) pimienta. El olor de esa semilla tatemándose me obligo a empezar la lectura de “la Tarántula” (2) de Juan Vicente. Entre la complejidad de esas líneas, de esa descripción de la escalera, metí en la licuadora aceite de olivo, el chipotle, la semilla requemada, un poco de jitomate, ajo del bueno, y media tasita de agua. Lo licué, pero ese mismo estrépito me hizo ir al librero abrir “Manual de viento y esgrima” (3), poesía de Alfredo García Valdez. ¡Es un librazo! Pero suspendí las letras para poner el chorizo en un sartén con poco agua, dice mi abuela que así sale la grasa y no le quita sabor. Herví a fuego lento, al mismo tiempo que se cocía el chorizo (imagino que una buena longaniza hace mejor trabajo), la salsa obtenida del ajonjolí licuado. Confieso haber agregado un poco de ese polvo “caldo de pollo” de conocida gallinita en la etiqueta…
Un párrafo más de Melo, que me parece que no se le ha hecho justicia como autor, me gusta mucho este cuento. Pero la tripa ya se revolcaba y mejor me apuré. Corté un poco de cebolla de en rodajas, y metí a freír las tortillas en una sartén, el mismo del chorizo para no ensuciar demás. Una vez fritas hay que sumergir las tortillas en la salsa cocinada, que se mojen bien, decía mi abuela. Ya en el plato las enchiladas, puse el chorizo encima, las rodajas de cebolla, y, para ser consistente con la gula, un poco de frijoles negros refritos. Sólo estaban pendientes dos cosas: qué seguir leyendo, qué tomar. Tenía dos opciones para beber, o agua de tamarindo que dicen es buena para la comida con grasa, o una cerveza fría; es decir, o me ponía a hervir el tamarindo o compraba en la tienda una chelita. Ya era mucha espera, el plato estaba servido. Destapé la cerveza, abrí el “Manual de viento y esgrima” por la mitad. Leí “Un caracol del que brota el azufre de los días” y comí, hasta el hartazgo, unas enchiladas de xala, buenísimas para un sábado de gula y buen leer.






